Pioneros de Siempre

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ANDANZAS CON GREENWOOD Y POIVRE

DESCUBRIMIENTO DEL YACIMIENTO CARBONIFERO RIO TURBIO

En el Payne

En su conferencia del 17 de agosto de 1887 Agustín del Castillo entró a referirse a la -expedición que a partir del 4 de febrero, prosiguió solo, con los peones que le había cedido Nicolás Dávila, antes de la separación de los exploradores.

Refirió su permanencia de varios días en el campamento cercano al arroyo de Las Vizcachas, tiempo que empleó en escalar las puntas más altas del sistema de sierras del Norte y del Oeste, desde las cuales pudo divisar el lago Argentino.

Luego de la prolija recorrida de todos los alrededores levantó el campamento y marchó hacia el Oeste en dirección al cerro Payne, en cuyo pie habría de acampar al finalizar esa etapa de su recorrido.

Emplazó el campamento a poca distancia de la laguna Azul, punto desde el que todas las mañanas iniciaba su reconocimiento de lagos, lagunas y bosques que coronan las alturas y rodean las orillas de los lagos, mientras los peones quedaban al cuidado de los animales y empleaban parte del tiempo en la pesca de hermosos ejemplares de salmónidos en la laguna Azul, con los que luego preparaban exquisitos platos.

Del Castillo realizó en el lugar un profundo estudio del sistema hidrográfico y orográfico, del que posteriormente dio detalles en su exposición, dando nombres a diversos puntos geográficos tales como las cordilleras situadas hacia el Norte y que corren en dirección noroeste que denominó Claudio Stegman, en recuerdo del entonces vice-gobemador de Buenos Aires.

Mientras seguía el curso de un caudaloso río que bajaba de la serranía Norte, encontró sus nacientes en un lugar interior que era conocido con el nombre de Corral de Zamora y que se denominaba así por existir allí un viejo corral de palo a pique construido por un antiguo residente de ese apellido. Agustín del Castillo tuvo el privilegio de alcanzar a conocer, en esas mismas circunstancias a Zamora. Este no sabía su edad y llevaba viviendo en esas regiones cerca de 30 años, calculándole del Castillo que contaría con 95 ó 100 años de edad. Era una figura que años después fue legendaria en el sur chileno, por sus proezas vividas durante más de un cuarto de siglo. Se aseguraba además, que no existía mejor baqueano que el ni quien hubiera recorrido más la Cordillera en todos sus sentidos. Siempre había vivido solo y jamás dejaba de celebrar el 18 de septiembre, aniversario de la independencia chilena, con todo el fanatismo de que era capaz. Los únicos amigos que se le conocieron fueron Guillermo Greenwood y Francisco Poivre, con quienes salía a recorrer a veces el sur chileno y otras la Patagonia argentina. También mantenía muy cordiales relaciones con los indios, de los cuales tomó muchas de sus costumbres y supersticiones.

Al encontrarlo Agustín del Castillo tuvo la sensación de hallar un nuevo Viejo Vizcacha, rodeado de infinitos perros, con los que convivía en una espantosa miseria y falta de higiene.

El marino explorador habría de recordarlo así:

"(...) al presente ha perdido la memoria, está lleno de achaques y de impertinencias que lo hacen insufrible. Este hombre ha sido en sus buenos años una máquina de trabajo y movimiento, su solo brazo ha apresado cientos de vacas y yeguas salvajes, siendo considerado el mejor enlazador del territorio. Casi no hay anécdota en la Patagonia que no cuente con el nombre de este hijo del desierto. El cuerpo de este pobre hombre está lleno de fracturas, es rengo de una pierna y tiene la otra toda torcida, le faltan varios dedos de una mano, tiene un brazo roto, varias costillas fracturadas y sólo cuenta para su servicio con un ojo". (33)

Antes de despedirse de Zamora, del Castillo le ofreció ayuda, prometiéndole enviarle los peones que le procuran caza y pescados, pero el viejo rehusó todo ofrecimiento con rezongos y protestas. Sin embargo, finalmente recibió un paquete de yerba y otro de sal, pues manifestó a del Castillo que hacía aproximadamente un año que comía sin sal.

Durante los días siguientes, del Castillo se dedicó a estudiar el curso de las aguas que se desprendían de Lago Argentino hacia el Sur, a fin de verificar su llegada hasta las proximidades del Payne, tratando de descubrir si ambos sistemas lacustres poseían comunicación. En sus exploraciones llegó a corta distancia del ventisquero situado al costado del Payne, lugar en el que permaneció un día y una noche.

Agustín del Castillo describió magníficamente esa experiencia con las siguientes palabras:

"(...) Pasé algunas horas del día enhorquetado en un roble desde cuya cumbre podría observar admirablemente la Creación, la vida y la muerte de esa infinidad de masas de nieve, que con el nombre de avalanchas recorren la pendiente con vertiginosa rapidez."

"El céfiro, floreando ligeramente los bordes caprichosos de ese manto de cristales, destaca por doquier una infinidad de partecillas de nieve, las cuales cayendo por ley misma de gravitación, sólidas como las lágrimas de los Polos envuelven en su caída todo el blanco césped del campo recorrido, aumentando un volumen a medida que aumenta su marcha; llega a un instante que vuelan y como monstruos heridos se precipitan al abismo del torrente, produciendo un sonido sordo y atronador, semejante a la descarga de la borda de un navío."

"Llegó la noche. El cielo límpido con sus millares de estrellas brillantes, coronaba ese paisaje grandioso y la luna, al trozar su disco en esa pureza celestial batía con sus alas de plata esas altas elevaciones saludando con melancólica sonrisa aquella solidaria mansión. El eco del murmullo de las aguas cristalinas y, a intervalos, el de la caída de las avalanchas, repercute en esa soledad soberbia como una voz misteriosa"(...) (34)

El encuentro con Greenwood

Durante una de las ascensiones a los altos cerros Agustín del Castillo había divisado hacia el Sur un inmenso lago al que deseaba llegar. Levantó el campamento y dando un gran rodeo para encontrar un sendero fácil, bordeando los bosques, se dirigió hacía aquel rumbo. Debió volver hacia el Este y al encontrar un río, marchó sobre sus márgenes hasta acampar en sus orillas, en un rincón formado por dos altos cerros.

Al día siguiente dejó ese lugar y encontrando un estrecho sendero por entre los dos cerros llegó hasta las orillas del vasto lago, que había visto días anteriores desde lo alto. Volvió a emplazar su campamento, ahora a orillas del lago y empleó dos días en largas recorridas por los alrededores mientras tomaba datos sobre las características del lago y arroyos vecinos.

Encontrándose en el campamento divisó en dirección al Este una alta columna de humo que le hizo suponer la presencia de seres humanos, por lo que con sus peones se apresuró a encender un fogata para, a su vez, anunciar la propia presencia. El humo se divisó durante toda la tarde, apagándose a la noche por la caída de una fuerte lluvia.

Al medio día siguiente volvieron a ver la señal de humo, en la misma dirección pero esta vez en un punto más próximo.

Volvió del Castillo a hacer nuevas señales de humo y, cuando se encontraba preparando un asado, fue sorprendido por ladridos de perros. Volviendo la vista hacia el Este alcanzó a divisar entre el alto pastizal un jinete tirando un caballo pilchero y acompañado por unos 20 ó 30 perros.

Pocos metros antes de llegar, el jinete ordenó a gritos silencio a la jauría, mientras agitaba con una mano su chambergo, saludando sonriente a del Castillo y sus peones. El encuentro entre hombres en el desierto siempre es motivo de júbilo.

Se sucedieron los apretones de manos y las presentaciones. El recién llegado era nuestro viejo conocido, don Guillermo Greenwood, el caballero inglés poblador de Río Turbio.

A partir de ese día Agustín del Castillo y Guillermo Greenwood mantuvieron una afectuosa amistad, unida por lazos de mutua simpatía.

Ya listo el asado, compartieron el almuerzo mientras Greenwood, explicaba que ese gran lago se llamaba del Toro por haber vivido durante muchos años en esas inmediaciones un enorme toro blanco, salvaje, que fue perseguido por cuanto cazador llegara al lugar, sin poder dar cuenta de él. Precisamente él, Greenwood, y su inseparable compañero Francisco Poivre, le habían dado muerte a balazos el año anterior, en dramáticas circunstancias al ser atacados por la bestia salvaje, que indios y cazadores consideraban invulnerable.

Don Guillermo Greenwood, que en la época de su encuentro con del Castillo contaba 37 años de edad, era una persona culta y de poco común ilustración, como también lo fue don Francisco Poivre.

Greenwood provenía de una distinguida familia de York, había sido periodista en Buenos Aires y posteriormente, comerciante de fortuna en Punta Arenas. En el año 1872, al perder todo su patrimonio en una operación comercial, resolvió lanzarse al desierto para hacer vida libre. Luego de convivir con indios y cazadores, volvió por un corto tiempo a Punta Arenas y trabó amistad con Francisco Poivre, un brillante parisiense que había llegado hasta la Patagonia en busca de plena libertad y de aventuras.

Cuando del Castillo conoció a Greenwood, hacía cinco años que éste no salía de la zona de Río Turbio y Ultima Esperanza.

Luego de permanecer durante dos días con del Castillo y sus peones Greenwood resolvió regresar en busca de Poivre para que todos juntos pudieran continuar las exploraciones con la colaboración del inglés, profundo conocedor de la zona. Al mismo tiempo se procuraría café, sal y yerba, que ya faltaban a del Castillo.

Convinieron en encontrarse al cabo de 8 a 10 días, y Greenwood partió hacia el Este mientras del Castillo decidió aprovechar el tiempo reconociendo en detalle las inmediaciones.


(33) BOLETIN DEL INSTITUTO GEOGRAFICO ARGENTINO. Tomo VIII, Cuaderno X. Octubre 1887, pág. 226.

(34) B. del I.G.A. Op. cit., pág. 227.

 

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